REAFIRMANDO NUESTROS VALORES Y POLÍTICAS PARA EL CAMBIO QUE NECESITAMOS

12 de Julio de 2017
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Nueva York, 12 de Julio del 2017 
Consejo de la Internacional Socialista

REAFIRMANDO NUESTROS VALORES Y POLÍTICAS  
PARA EL CAMBIO QUE NECESITAMOS

El Socialismo, nuestros valores
hacia una Política Progresista a nivel global

 

Senadora Isabel Allende, Partido Socialista de Chile
Vicepresidenta de la Internacional Socialista

 

Compañero Presidente
Compañero Secretario General
Miembros del Presídium
Representantes de organismos invitados y observadores
Representantes de todos los partidos socialistas del mundo presentes.

Compañeras y compañeros: 


Quiero agradecer al Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, ex Primer Ministro y ex Presidente de la Internacional Socialista, por su tiempo y sus palabras en la inauguración de este Consejo en el día de ayer.  

Sus palabras reflejan muy bien el espíritu de su gestión, el rol que esperamos del Sistema de Naciones Unidas, y en ellas se plasman los valores y principios que inspiran a la Internacional Socialista.

Nada de fácil ha sido desde 1945 -después de la Segunda Guerra Mundial- promover la paz, la seguridad, y los derechos humanos. Jugar un rol relevante durante la Guerra Fría, y hoy enfrentar nuevos desafíos globales, como es detener la guerra en Siria e Irak, haciéndonos cargo de la crisis de migrantes y resguardar los derechos humanos de los refugiados que aumentan día a día.

Además, de avanzar con nuestros gobiernos y partidos hacia la Paz Global con justicia social, en el combate contra el terrorismo, y en el logro de los Objetivos del Desarrollo Sustentable al 2030.

Personalmente, es emocionante y un orgullo recordar ese 4 de diciembre de 1972, cuando desde esta misma sede de las Naciones Unidas, Salvador Allende se dirigiera al mundo, para mostrar cómo avanzaba el socialismo en democracia, pluralismo y libertad, a través de la llamada, “vía chilena al socialismo”.

Compañeras y compañeros:

La sociedad mundial en los últimos años ha cambiado. Pero decir que los cambios en nuestras sociedades han seguido la dirección del Progreso y Desarrollo Sustentable, no se sostiene tan fácilmente.

En esta sala, nos encontramos los sectores que formamos parte del mundo político-cultural del socialismo democrático, una comunidad de partidos y políticas de izquierda que han podido dar gobernabilidad y liderar transformaciones. Sectores que estamos viviendo, a ratos, una crisis de identidad y pertenencia, así como de convivencia.  

Vivimos un momento de disociación entre los rápidos y profundos cambios sociales, con la rigidez de las instituciones políticas -especialmente partidarias- lo que da cuenta de la distancia, desafección y rechazo ciudadano de la política existente, así como del malestar que internamente recorre en nuestros propios partidos.

En todo el mundo desarrollado, en buena parte de los países en el umbral del mismo y, por supuesto también en Chile, la nueva configuración de las demandas sociales, los nuevos perfiles demográficos, sumadas a un prolongado bajo crecimiento económico, tensionan a las instituciones políticas y de protección social. Ello ha puesto a los instrumentos y discursos del Estado de Bienestar bajo una fuerte presión. Pero también ha desmentido la tan publicitada capacidad de las políticas neoliberales para hacerse cargo del problema.

No nos equivoquemos: el neoliberalismo, aquella visión y práctica sobre la sociedad dominada por el mercado como principio ordenador de toda la vida social; el Estado reducido  drásticamente en sus funciones como motor del desarrollo; el predominio del capital financiero y especulativo generando una estructura social marcada por las desigualdades estructurales y la concentración de la riqueza, son “principios fundantes” de dicho orden socioeconómico.

El socialismo democrático fue y ha sido la respuesta que surgió desde los sectores de izquierda, solos o en alianzas más amplias en el mundo y en América Latina, para superar ese orden neoliberal en democracia y, devolverle al Estado y a la sociedad el predominio sobre el mercado y los grandes intereses capitalistas nacionales y transnacionales.  

No es trivial la pregunta sobre cómo podemos construir socialismo democrático en países donde el Estado es todavía tan débil y donde el fortalecimiento de lo público enfrenta fuertes resistencias, como sucede en mi país.

En efecto, la sociedad cambió. Cambió en un lapso demasiado breve como para comprender fácilmente su significado.

Lo que no ha cambiado son nuestros valores y principios. Los más clásicos valores que como socialistas compartimos: la igualdad, la justicia social, la libertad, la solidaridad y la cohesión social, están plenamente vigentes.  

Una sociedad con mayores derechos que enfrenta crecientes grados –como nunca- de anhelo por la diversidad, la misma que no siempre encuentra expresión en los partidos que decimos representarla.  

Una sociedad que cobija a nuevas generaciones que son hijas, no sólo de la democracia, sino de las nuevas redes sociales en que el espacio virtual sustituye al real, en que el manejo de la información supera al que tenían sus padres y profesores; en que los modelos aspiracionales y las expectativas están dados mucho más desde el intercambio horizontal que desde la transmisión vertical del conocimiento.  

Una sociedad en que el riesgo y las incertidumbres son parte de la vida cotidiana con las que han aprendido a convivir ciudadanos y trabajadores, y en donde las  conquistas de protección ante las indefensiones no están reñidas con la valoración del esfuerzo personal.

Una sociedad que ha ganado en condiciones de vida, pero no necesariamente en calidad, con la consecuente expresión de formas violentas de relación, que deterioran la construcción de confianzas y conspiran contra la necesaria cohesión social: fenómenos que permean el sistema político, siendo el más grave el de la corrupción en cualquiera de sus formas.

Esta disociación valórica y de posicionamiento entre generaciones, asimismo, entre la nueva sociedad y un sistema político sin renovación, son parte de los fenómenos que están detrás del desprestigio de la política y de parte de nuestras instituciones, de la dificultad de vincular sociedad y política, así como de la posibilidad de influir en nuevas generaciones que se hagan parte y cargo de los desafíos futuros de una sociedad progresista. Todo lo cual incide en la solidez y calidad de nuestra democracia.

Para profundizar la democracia y avanzar hacia un verdadero desarrollo sustentable es necesario abordar e incidir en la actual realidad, con todas sus interrogantes, buscando respuestas a nuevos fenómenos, que permitan que cada persona pueda realizar su proyecto personal, sin poner en riesgo un proyecto socialmente compartido.

Cómo pensar y conocer a fondo lo que acontece con nuestra sociedad, cómo intervenir activamente en ella para que progrese y prosperen los espacios de autonomía que permitan articular proyectos individuales, pero que sientan pertenencia a una comunidad.

Cómo dar cabida a la pluralidad de actores sociales diversos y que el respeto a sus identidades sea compatible con el sentido de pertenencia a una común identidad nacional, regional y global.

Ese camino comunitario que expresa la solidaridad global, es poder asumir decididamente la propuesta planteada por el compañero Pedro Sánchez, Secretario General del PSOE, y otros, de dar seguimiento y monitoreo a cada uno de los 17 Objetivos del Desarrollo Sustentable (ODS).

Cómo acoger los temas emergentes sin por ello descuidar los históricos, mirando los problemas globales y compartiendo ambiciosas soluciones de aquí al 2030, junto a la comunidad internacional.

Cómo repensar la política en este nuevo escenario social, que le impone desafíos mayores y distintos a la democracia y a sus instituciones; cómo hacer que los DDHH sean un valor irrenunciable en cualquier lugar del mundo.

Cómo influir en batallas políticas por importantes transformaciones, sin por ello descuidar los temas de la cotidianeidad y los problemas micro-sociales, sin desdeñar la subjetividad de las personas y sus motivaciones.

Para abordar estas interrogantes se requiere trabajo intelectual, participación social y acción, lazos de colaboración y recuperación de confianzas, pero sobre todo, voluntad política para invertir energías en la formación permanente, para perseverar en la difusión de ideas y de propuestas para su implementación.  

Asimismo, debemos enfrentar todas las formas de corrupción, separando definitivamente la influencia del dinero en la política, con proyectos colectivos, coherentes y compatibles con vuestros valores, que permitirán fortalecer nuestros partidos.

También tenemos el desafío de hacer de esta Internacional una institución que refleje el avance de las mujeres en todos los campos de la sociedad. La política y la conducción de nuestras organizaciones y partidos tienen que ser un reflejo de lo que el mundo progresista busca representar.  

Por ello, no basta solo con incluir más mujeres en la  dirección colectiva, sino comprometernos con una estrategia integral que proteja, avance e iguale a las mujeres en sus derechos. Una autentica igualdad de género es fundamental.

Queridos compañeros y compañeras;

Estamos convocados, no por un simple ejercicio teórico sino por la fuerza de los cambios y de las urgencias del presente. Debemos preguntarnos acerca del terreno en que nos movemos y de la acción política que en él debemos desplegar. Sin esta reflexión será muy difícil avanzar en la actualización y proyección de nuestra identidad de progresistas y demócratas.

Tal como lo dijo, recientemente, la Presidenta Bachelet, esta crisis ha sido acompañada en todas partes de un tiempo político de respuestas débiles. Pero las sociedades no pueden permanecer sin propuestas de sentido y sin ofertas de conducción. Eso parece explicar la arremetida de propuestas políticas basadas en el miedo, la xenofobia y el populismo. Respuestas fáciles y emotivas, pero que en nada se hacen cargo de los desafíos de fondo.

La democracia está hoy asediada por el escepticismo, el descrédito institucional, el individualismo y la apatía de los ciudadanos, hoy más educados y con exigencias más complejas que ayer.

Cómo repensamos para el siglo XXI la dialéctica de la libertad y la igualdad, de la diversidad y el orden, de la tolerancia al riesgo y la seguridad.

Hoy ya no basta con la legitimidad y la representatividad como las conocemos, sino que es necesario hacernos cargo de la exigencia ciudadana por mayor transparencia y probidad en los políticos, de abandono de lo que hoy se consideran sus privilegios.

Se trata de una política en que los partidos tienen la difícil pero necesaria tarea de desprenderse de poder, en favor de los movimientos sociales, de los activistas, los independientes y, en definitiva, de los ciudadanos.

No hay cambio social sustentable sin grandes mayorías que compartan su sentido y lo apoyen. Lo hemos vivido con intensidad en mi país, Chile.

Hoy enfrentamos un duro desafío presidencial y parlamentario. Ganar las elecciones y no permitir que la derecha vuelva al gobierno, porque sería un retroceso a nuestros valores. Necesitamos un gran esfuerzo de unidad como coalición de “La Nueva Mayoría”, para lograr con ello el éxito de la centro-izquierda.

No es tiempo de desánimos, no es esa la impronta de nuestra larga historia de luchas. Debemos enfrentarlos con convicción, con la fuerza de nuestras historias, y con voluntad inquebrantable para conducir los cambios en una renovada perspectiva emancipatoria y de justicia social, convocando y motivando a las mayorías sociales para darle sentido y proyectar nuestra acción.

Esta Internacional tiene la riqueza de ser -en su conjunto-  mucho más que los partidos que la integramos, y debemos ser la base de rearticulación del socialismo democrático del siglo veintiuno.

Muchas gracias.

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