El Cambio Climático es irreversible y afecta mayormente a las mujeres y a l@s más pobres

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EVENTO

IGUALDAD DE GÉNERO: UNA VÍA PARA GENERAR ACCIONES
QUE IMPACTEN POSITIVAMENTE EN EL CAMBIO CLIMÁTICO

MARTES 22 MARZO 2022 

INTERNACIONAL SOCIALISTA DE MUJERES

 

Estimada Presidenta de la Internacional Socialista de Mujeres, Ouafa Haiji, estimadas compañeras vicepresidentas, estimadas dirigentas de los diferentes países integrantes de la ISM.

Creo que es muy relevante que comencemos a dialogar en torno a una temática que es fundamental para el futuro de nuestra civilización tal como la conocemos.

Partamos por el principio: estudios indican que cerca de 90 corporaciones públicas y privadas dedicadas a la producción de carbón mineral, petróleo, gas y cemento han sido responsables de más del 63% de los gases de efecto invernadero. Cerca del 10% más rico de la población mundial ha sido responsable de casi de la mitad de los gases de efecto invernadero, y tan solo en 30 años, hemos llevado el planeta a su límite.

El cambio climático es irreversible: aunque todos los países del mundo se pongan de acuerdo y de la noche a la mañana dejen de emitir gases, la Tierra no dejará de aumentar su temperatura en al menos un grado y medio. Parece poco, pero un grado y medio es parte de nuestra realidad y a está implicando graves desestabilizaciones políticas y económicas a nivel mundial. Es más, a comienzos de marzo el IPCC nos indicó que se estiman migraciones masivas de más de 140 millones de personas solo en África. Recordemos que violencia contra las mujeres se da más especialmente cuando son más vulnerables, como en situaciones de desplazamiento por desastres y migración. Como si no fuera suficiente, el cambio climático se está acelerando, por ejemplo, a través del derretimiento de los polos y con los incendios forestales.

Tal como la pandemia, este tipo de fenómenos golpea más fuerte a las mujeres y a la gente pobre. Es por esto que hablamos de desigualdad multidimensional, ya que las mujeres están más expuestas a injusticias sociales, económicas, políticas y culturales. El cambio climático las afectará más que a los hombres a través impactos en su acceso y calidad de alimentación, hogar y medios de vida. De hecho, la crisis ambiental retrasa el progreso hacia la igualdad de género y dificulta los esfuerzos para alcanzar metas más altas como la reducción de la pobreza.

Pero la relación muy estrecha entre el ambientalismo y el feminismo también se da desde el punto de vista de cómo surgen estas problemáticas. Es precisamente la falta de consideración de los aportes que hacen las mujeres y la naturaleza al sistema lo que nos ha llevado a una realidad planetaria que no es sostenible: un crecimiento económico se logra a costa de explotación de la naturaleza y invisibilización del trabajo femenino. Se trata de un crecimiento económico excluyente e insostenible. Sin igualdad de género y sin poner límites reales a la explotación de los bienes naturales comunes, no puede haber un real desarrollo sostenible.

Por lo tanto, el problema al que se enfrenta el planeta no es solo el cambio climático, sino que la pregunta es: “¿Cómo hacer que la acción contra el cambio climático no refuerce o aumente las desigualdades existentes?”. Queremos que la lucha contra el cambio climático apunte intencionalmente a superar las brechas de género que permitirán dar pie a un desarrollo inclusivo, equitativo, integral y perdurable en el tiempo: es decir: sostenible.

Pero, ¿qué se ha hecho sobre esta materia?

De acuerdo con el informe “La igualdad de género ante el cambio climático” de Lorena Aguilar, al alero de CEPAL y Francia, del año pasada, hasta la fecha, más de 81 decisiones bajo la Convención de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) incluyen mandatos sobre cuestiones de género. La implementación de esos compromisos es ahora clave.

Desde Chile, puedo comentar de dos pequeños, pero importantes aportes:
Primeramente, la recientemente aprobada Ley de Cambio Climático chilena, en cuya elaboración participé, nos aseguramos de incluir varias referencias explícitas a la necesidad de proteger y asegurar la participación de grupos vulnerables y tener un enfoque de género en la implementación de políticas climáticas.

En segundo lugar, creo relevante destacar la pronta adhesión de Chile al acuerdo de Escazú, -con el nuevo gobierno feminista del Presidente Gabriel Boric- que permitirá fortalecer la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones de asuntos ambientales, así como robustecer los sistemas de información sobre la materia. En esta línea, me gustaría poner en valor el rol de las dirigentas ambientales en Chile. Ellas han salido valientemente en defensa de causas que han recibido atención internacional, como por ejemplo Alto Maipo o el proyecto minero Dominga o, incluso, la lucha por el derecho humano al agua en la región de Valparaíso. Por lo mismo, es un gran logro consagrar y reconocer los derechos de las defensoras ambientales, sabiendo que la realidad latinoamericana es una de hostigamiento y asesinato hacia los lideresas y líderes ambientales.

Si bien estos avances han sido importantes, aún queda mucho camino por recorrer a nivel nacional e internacional para lograr que la perspectiva de género sea plenamente incluida en los instrumentos de política ambiental nacional e internacional. A nivel internacional existen Acuerdos Multilaterales sobre el Medio Ambiente (AMUMA), y en dichos acuerdos, incluso en algunos que versan sobre biodiversidad por ejemplo, encontramos mandatos y lineamientos de género.

Entre estas 81 decisiones bajo la Convención de Naciones Unidas sobre Cambio Climático que mencioné, nos encontramos los siguientes ejemplos:
Primero, se reconoce la necesidad de fomentar producción de conocimiento, datos y estadísticas en temas relacionados con la igualdad de género y el cambio climático. Esto se logra al incluir estas temáticas en los censos de cada país y en encuestas para aplicar diversas políticas públicas.

En segundo lugar, se proponen formas de participación paritarias en la discusión de políticas climáticas y fortalecer capacidades en mujeres para que puedan gestionar bienes naturales comunes y participar de decisiones sobre dichos bienes. Un ejemplo de este tipo de actividades es la recolección de algas, por ejemplo, actividad predominantemente femenina. Se debe por lo tanto asegurar la participación de mujeres en el manejo de costas.

En tercer lugar, una gran orientación dice relación con asegurar el acceso a las fuentes de financiamiento asociadas al cambio climático para los mecanismos de adelanto de mujeres y organizaciones de mujeres en los ámbitos nacionales y subnacionales así como aumentar el acceso a financiamiento. Lamentablemente, financiamiento climático no ha sido diseñado aún para que participen pequeñas organizaciones de base. Por lo general, los fondos canalizan los recursos a través de “agencias implementadoras”, en su mayoría grandes organizaciones ambientales internacionales o agencias de las Naciones Unidas, que luego distribuyen el financiamiento a otras, y a menudo las organizaciones de mujeres se encuentran al final de esta línea.

Para ejemplificar, cómo se implementarían todos estos lineamientos, vemos el caso de ocho países de Latinoamérica y el Caribe (Bolivia, México, Costa Rica, Paraguay, Perú, Honduras, Nicaragua y Panamá) mencionan en sus Políticas Nacionales de Gestión del Riesgo de Desastres el tema de género y lo hacen como eje transversal. No basta con mencionarlo, sino que se debe implementar a través de capacitación a mujeres, participación en la implementación de la política pública y financiamiento para que organizaciones lideradas por mujeres sean más resilientes al cambio climático.

En definitiva, quiero terminar señalando los instrumentos internacionales en materia ambiental nos orientan hacia un claro camino. Las políticas climáticas, cada vez más presentes en nuestra realidad, deben tener un enfoque de género, pero también traer aparejada una implementación, con participación paritaria, financiamiento para fortalecimiento de capacidades de mujeres, entre otros. Debemos tener presente que luchar contra el cambio climático y reducir la brecha de género implica entender que estos son problemas profundamente políticos, sistémicos, y discutirlos es disputar alternativas al modelo económico global y local.