LA IZQUIERDA, MOTOR DINAMIZADOR DE LA SOLIDARIDAD A NIVEL GLOBAL

20 de Noviembre de 2014
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Nos reunimos hoy, como siempre, con más preguntas que respuestas, con más desafíos que recetas.  Los fenómenos sociales son cada vez más dinámicos, cambiantes y globales y requieren estrategias novedosas, flexibles y una mirada que supere los márgenes de los Estados nacionales.

Hoy estamos frente a un contexto global y regional complejo. Europa, aún sufre las consecuencias de una profunda crisis económica y enfrenta un creciente descrédito de los partidos políticos y de la política en general. Además, los casos de corrupción han generado desconfianza y han producido más alejamiento de la ciudadanía de la política.

Esta reunión es, entonces, un espacio privilegiado para reflexionar y dialogar sobre el rol de la izquierda en el siglo XXI.

Como izquierda debemos ofrecer un proyecto consistente y cohesionado a escala global. Sin un mensaje global, difícilmente podremos ser una alternativa para un nuevo mundo. Sin ello, no pondremos coordinar medidas que detengan la desregulación neoliberal, que amenaza con una espiral creciente de desigualdad, incompatible con nuestros idearios.

La respuesta a las nuevas inequidades debe incorporar una reflexión previa sobre cómo nos reconectamos con la sociedad, qué rol le compete al Estado en tiempos de crisis locales y globales, y cuáles son los desafíos para crear una estrategia común que dé respuesta a estas amenazas.

Las sucesivas crisis económicas han demostrado que la pobreza no es un fenómeno estático. La falta de un Estado fuerte y garante de mínimos sociales ha provocado que hoy en día, en América Latina, muchas familias entren y salgan de la pobreza, más de una vez a lo largo de su vida. Esta nueva realidad de vulnerabilidad se explica en gran parte por la inequidad distributiva de los ingresos del trabajo.

Comprenderlo resulta fundamental. Aquí radican nuevos sectores sociales medios y emergentes que sin ser pobres experimentan altos grados de vulnerabilidad y por ende, de frustración. Probablemente este es uno de los fenómenos sociales más importantes en la actualidad.

En otro orden, y no obstante el incremento en las coberturas de educación, las y los jóvenes constituyen el grupo social más afectado. En promedio sus tasas de desocupación duplican a las de los adultos.

Por su parte, en América Latina tenemos expresiones crecientes de la de la cada vez mayor participación de las mujeres, lo que da más calidad y valor a la democracia.

La búsqueda de la equidad de género es un imperativo ético que no podemos soslayar al momento de desafiar la desigualdad en nuestras sociedades y debemos impulsarla con fuerza cuando nos enfrentamos a países cada vez más envejecidos, en un escenario de precariedad laboral, de deficientes coberturas de servicios y seguridad social.

No es justo, ni democrático que las mujeres sigan pagando los costos del desarrollo y que permanezcan  fuera de la toma de decisiones.

Estamos frente a lo que parece ser una nueva tendencia estructural del capitalismo contemporáneo: una fuerte segmentación laboral que le quita cohesión y capacidad de presión política colectiva a la nueva clase trabajadora. Ahí debe radicar el núcleo de un programa de izquierda para el futuro.

Todos estos fenómenos conducen a una América Latina que pareciera estar transitando desde la Exclusión Social a la Integración Desigual. Con procesos que crecientemente incorporan a la ciudadanía, pero que lo hacen de manera muy desigual.

Nuestras sociedades de mercado son sociedades “paradojales“: Producen un aumento exponencial de la riqueza y al mismo tiempo una pauperización de amplias capas de la población. Comprender y quebrar esa paradoja es tarea de la política.  Por eso, requerimos Derechos Sociales garantizados para enfrentar la vulnerabilidad que afecta a amplios sectores de nuestras sociedades.

La participación ciudadana es una condición de nuestro desarrollo.  La democratización de todas nuestras instituciones, políticas, económicas y culturales,  es un imperativo para el quiebre del circuito entre concentración del poder y la desigualdad.

Si no se democratiza la política, la ciudadanía seguirá alejándose del Estado, el que ve capturado por una clase política que se autoreproduce, tal como ve que se autoreproduce el capital.

La propia gestión del Estado debe democratizarse.  La participación de la ciudadanía en el diseño y en la ejecución de las políticas públicas resulta también un imperativo para el desarrollo y el bienestar social.

La izquierda debe promover un Desarrollo Sostenible, basado en una aproximación multidimensional que incluya el ingreso, el consumo, la educación y la salud, actividades personales y trabajo, participación ciudadana y gobernanza, relaciones sociales y conectividad.

Hay que agregar nuevas prácticas para fortalecen el rol de Estado, condición necesaria para avanzar en cohesión social. La mayor progresividad del gasto social, la creciente profesionalización e institucionalización de las políticas públicas, junto con el inicio de procesos de mayor transparencia y control ciudadano, están permitiendo revalorizar el rol del Estado.

Un modelo claro, que asuma un entorno con retos estructurales como la globalización, el desempleo, el endeudamiento o el envejecimiento de la población.

El desafío para la izquierda es demostrar que existe un camino progresista, con regulación al mercado, solidaridad, competencia leal y protección social.

Debemos construir una agenda común que nos permita superar esta sociedad de mercado y avanzar hacia una sociedad de personas, donde el mercado sea sólo un instrumento y no un fin en sí mismo.

Nuestros esfuerzos a nivel global por llegar a acuerdos básicos sobre Derechos Humanos, Democracia y Medio Ambiente han posibilitado consensos sobre el combate a la pobreza, la seguridad alimentaria, la igualdad de género y el respeto por el medioambiente, dando espacio para discutir los objetivos de desarrollo sostenible e incorporar los desafíos que plantea nuestro modelo de desarrollo.

La crisis económica internacional y los nuevos desafíos del mundo global requieren de soluciones también globales.

Lo anterior exige reconocer que hay dos realidades en el contexto de la actual economía. Por una parte, el crecimiento de una economía del conocimiento, una sociedad de redes, una revolución informática y tecnológica, todo lo cual está conduciendo los cambios que ocurren en el mundo. Pero por otra parte, y al mismo tiempo, tenemos un crecimiento de sectores marginados de estos procesos, sin capacidad de protagonismo.

Este es un enorme desafío. En muchos países se están configurando realidades duales, con una heterogeneidad que da lugar a asimetrías de productividad, salarios, calidad de empleos y los servicios, y la desigualdad de ingresos. Todo esto tiene impacto en la vida de las personas. Pero también en la política y en las capacidades de la democracia y su cohesión social.

Hay que conjugar realidades distintas para una gobernanza global, orientada a la justicia social, basada en el pluralismo y la cooperación.

Debemos promover la cooperación sur-sur como eje de la solidaridad entre naciones e instituciones. Debemos responder con una propuesta política en torno a demandas crecientes de regulaciones económicas, sociales, ambientales, de seguridad pública, así como también temas como los flujos migratorios, el cambio climático y la energía, entre otros.

Requerimos una agenda que haga realidad nuestra vocación transformadora, donde sean los sistemas políticos y no el mercado quienes definan soberanamente, el tipo de sociedad en la que hemos elegido vivir.

Hoy, el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet se ha propuesto llevar adelante las reformas estructurales para eliminar las enormes inequidades, para devolverles a las y los chilenos la igualdad que esperan y merecen. En este mandato de cuatro años tenemos por delante una compleja tarea. Deberá lograrse un balance virtuoso entre demandas sociales y políticas exigentes, y las limitaciones tanto socio-culturales, políticas como económicas que existen en el país, para soportar cambios de gran profundidad.

La izquierda debiera estar llamada a ser el motor dinamizador de la solidaridad a nivel global, y tengo la convicción que ese es el camino para más y mejor democracia, con cohesión y justicia social, que es lo que nuestros pueblos esperan.

Muchas gracias.

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