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Hoy La República Despide A Un Hombre De Excepción

Jueves 21 de Abril de 2016 | Actualizado el 25/10/2017 a las 22:22:04
Intervención de la Presidenta del Partido Socialista de Chile. Senadora de la Región de Atacama, Isabel Allende Bussi, en el Funeral de Estado del ex Presidente de la República, Patricio Aylwin Azócar.

FUNERAL DE ESTADO DEL EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, 
PATRICIO AYLWIN AZÓCAR

 

SENADORA ISABEL ALLENDE BUSSI
PRESIDENTA PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE


Santiago, Salón de Honor del ex Congreso Nacional
20 de abril de 2016

 

Querida Familia Aylwin Azocar,
Querida señora Leonor, hijas e hijos, nietos de don Patricio Aylwin Azócar.
Amigas y amigos, compañeros, correligionarios y camaradas,

 

Hoy la República despide a un hombre de excepción, uno de aquellos que han dejado huella en la historia de nuestra patria.

Un hombre que ocupó un lugar central en el siglo XX, porque fue capaz de unir sectores que estaban dolorosamente separados en nuestra vida púbica, para avanzar, todos, desde la oscuridad impuesta por la tiranía hacia una convivencia democrática que jamás debimos perder.

Es cierto, el pasado nos dividió trágicamente. La política de trinchera puso en veredas opuestas a muchos de quienes, de jóvenes, promovieron una aspiración común de progreso social y político para Chile, de superación de la miseria y de una institucionalidad excluyente, propia de la sociedad oligárquica que marcó el inicio del siglo pasado.

Porque la opción inicial para muchos en esa generación, no fue fácil. Cuántos de los más talentosos jóvenes que se incorporaron a vida pública en los convulsionados años 30, debieron decidir entre la joven Falange Nacional y el naciente Partido Socialista, tal como relataba el propio don Patricio.

Cuánta identidad de valores entre el centro progresista de inspiración social cristiana y la izquierda socialista, cuyas bases se sustentan en el  humanismo laico.

El peso de las confrontaciones pudo más y no tuvimos la sabiduría histórica para entender que, a pesar de las diferencias, el humanismo cristiano y el humanismo laico estaban destinados a marchar juntos por una Patria justa, buena y libre.

Patricio Aylwin fue un opositor severo al gobierno de mi padre en momentos muy difíciles para el país. Años después fue un protagonista de primer orden en el reencuentro entre la DC y la izquierda.

Adversario tenaz de mi padre en una época muy dura, en otro tiempo se reencontró con mi madre y mi familia, y mantuvo siempre una particular preocupación por ella. No puedo dejar de reconocer en ese acercamiento a un ser humano que supo convertir en amistad cívica genuina las diferencias del pasado.

Seamos claros: hubo un período de la historia de Chile, influida por una agudizada Guerra Fría, en donde la incapacidad de dialogar y la intolerancia marcaron el destino de nuestra democracia.

Pero lo que queda es que fue el propio Patricio Aylwin quien asumió con sereno liderazgo el reencuentro de los demócratas. Esa convicción es lo que funda nuestra unidad actual que ya alcanza 30 años de un compromiso vital para el avance de Chile.

Si hoy humanistas laicos y humanistas cristianos transitamos por el mismo camino, es gracias a que hombres y mujeres -entre ellos, el Presidente Aylwin- decidieron acercarse para construir una senda más amplia. Gracias a esa apertura y ese lazo entre personas de convicciones con distintos orígenes, pero con el mismo fin, es que hemos llegado más lejos que ninguna otra alianza política en la historia de Chile.

En 1986, al final de un ciclo de fuerte movilización social, que no consiguió el propósito de botar a la dictadura, cuando los demócratas manteníamos serias divergencias para enfrentarla, don Patricio, en un encuentro académico, tuvo la claridad y el liderazgo para proponer un camino para Chile: usar las armas de la democracia para derrotar a la tiranía y alcanzar una salida pacífica para el país.

Se trataba de derrotarla con sus recursos legales y en su propia institucionalidad, sin validar ni reconocer de manera alguna la ilegitimidad del régimen de Pinochet y de la constitución del 80.

Abrimos un cauce para la participación popular, que significó inscribir más de 7 millones de personas en los registro electorales, y creamos una gran red con los trabajadores, las mujeres, los estudiantes, las organizaciones sociales y los partidos políticos aún clandestinos.

Lo logramos y vencimos el 5 de octubre, marcando el inicio de la transición en Chile.

A partir de ese hito fundamental en la recuperación de la democracia en el país, Patricio Aylwin se convirtió en el líder de toda la Concertación de Partidos por la Democracia, y acordamos llevarlo como candidato único, resultando electo Presidente.

Con Patricio Aylwin no se va sólo el abogado, el académico, el senador y el Presidente. Se va también un hombre que, liderando una democracia en reconstrucción, recuperó para la investidura presidencial, la dignidad arrebatada por la traición a la voluntad popular.

Como hija de Salvador Allende, del último presidente electo antes que él, no puedo sino reconocer en el Presidente Aylwin a quien lideró los gestos de reparación que la República debía a un presidente constitucional.

¡Qué mejor contribución al reencuentro y la unidad nacional que los funerales del 4 de septiembre de 1990!

Lo valoro, ayer por mi padre; hoy, como presidenta del Partido Socialista, el partido de Salvador Allende.

Despedimos también a un hombre sencillo y austero, para quien la vida pública fue siempre y esencialmente el servicio a los demás y nunca el provecho personal. Hoy, en medio de tantos cuestionamientos a los liderazgos políticos, su figura se levanta como un referente moral para recuperar el predominio de la buena política por sobre las malas prácticas.

El Chile que vivimos es, ciertamente, un país muy distinto al de 1990. Hemos ido construyendo un Chile más consciente de los enormes desafíos que como sociedad tenemos para hacerlo más igualitario, donde el progreso esté al alcance de las grandes mayorías y no sólo de unos pocos. Un país que es obra de todos y que debe parte importante de sus cimientos a Patricio Aylwin.

La historia otorga la perspectiva necesaria para apreciar en plenitud a las figuras de relieve. Estoy convencida que las futuras generaciones verán al Presidente Aylwin como un hombre que enfrentó los desafíos de su tiempo con la entereza y la prudencia que exigía el período que se iniciaba. Lo verán como el hombre que a partir de su iniciativa de la Comisión Rettig asumió la responsabilidad estatal de recuperar la verdad histórica, y de poner en marcha las primeras medidas justas de reparación.

En su mensaje del 12 de marzo de 1990, decía “abrir cauces de participación democrática para que todos colaboren en la consecución del bien común y de acortar las agudas desigualdades que nos dividen”.

Porque mientras existan tareas pendientes en la sociedad chilena para acortar esas agudas desigualdades, todos quienes reconocemos el legado político del Presidente Aylwin, tenemos el deber de seguir procurando la unidad para concretar un proyecto de tal envergadura.

Es hora de reafirmar lo que hemos ido construyendo, sin conflictos muchas veces artificiales. Es hora de reafirmar lo que ha sido bueno para Chile y nuestro pueblo.

Esa es la tarea que nos dejó Aylwin. Esa es la tarea de unidad en la diversidad en que debemos seguir trabajando.

Patricio Aylwin, hombre del reencuentro y la unidad de los demócratas, descansa en paz.